Santa Lucia
Hicieron de ella su canción.
Ahora, cuando él la escucha en alguna emisora de radio, en alguna terraza de un bar, le llama "ventanita", por que dice que son canciones que abren la mirada hacia el pasado, hacia los recuerdos, y Santa Lucía, de Miguel Ríos, es una ventanita para él y pide que se la pongan más alto y manda a los amigos que se callen para escucharla.
Cuando ella la oye en su viejo tocadiscos, dice que es su canción, que cierra los ojos, que le recorre por todo el cuerpo una sensación agridulce y que la estaría escuchando cien mil veces una eternidad, sin cansarse y que el destino puede ser muy cruel cuando a veces se lo propone.
A menudo me recuerdas... A alguien...
Él dice que ella le recuerda a una entrañable amiga de la juventud, una loca, apasionada y alucinante amistad, siempre colocada bajo los efluvios de gente bailando, gritando, riendo, garabateando volteretas en pos de dos ideas, paz y amor y disparando misiles en pos de una, No a la Guerra.
Ella dice que él le recuerda a su primer novio, tan atento, con una rosa en sus manos para regalar, tan dulce, tan sincero, tan poeta de pueblo, y sin embargo tan ambicioso de un destino fuera de allí, lejos, tras un porvenir, y un regresar después a buscarla, que nunca existió.
Tu sonrisa la imagino... Sin miedo...
Él, la de ella, la sueña grande, dientes blancos, risa blanca, aterciopelada, acariciadora, labios carnosos y tiernos, sin turbación, sonrisa afable, confiada, serena, plácidamente embellecida por su aplomo de cordura y serenidad.
Ella, la de él, la sueña enérgica, vital, protectora, valientemente enarbolada hacia la audacia y osadía de los que no pueden perder nada y sin embargo pueden ganar un Potosí.
Invadido por la ausencia... Me remuerde la impaciencia...
Él la añora, la desea, la intuye, se muerde las uñas, pasea cual león encarcelado, su carencia de ella le está volviendo loco, ella lee novelas de amor junto a la leña del hogar y contempla películas viejas y nuevas y se siente protagonista de "Tú y yo" y él se disfraza de Cary Grant y ella de Deborah Kerr, en Tú y yo, y se enamoran en este gran clásico del género romántico y se citan en el Empire State Building, en el piso 102, en un plazo de seis meses si siguen sintiendo lo mismo el uno por el otro y él la espera hasta medianoche y ella, ella, ella no acude a la cita por un endiablado y trágico accidente.
Me pregunto si algún día... Te veré...
Ella danza piruetas sobre las olas del mar, no pregunta, calla, únicamente escucha el ruido de una caracola, el rumor, el murmullo, el cuchicheo de las aguas, y recuerda ese novio que se fue con una promesa y no volvió, ese que le regaló el sonido del mar en la concha vacía de un molusco, y sabe que oír el rumor del mar a su través no es estar en su orilla, un día, se pregunta, ¿un día veré el mar?.
Él mira su retrato colgado en la pared preguntándose si habrá sido todo no más que una quimera, una alucinación de esas que su entrañable amiga de juventud sufría tan frecuentemente bajo los efectos alucinógenos de sustancias prohibidas, besa su fotografía y susurra... algún día te veré.
Ya sé todo de tu vida... Y sin embargo...
Esas misivas interminables, esas llamadas cortas, esas historias escritas en papel, esas preguntas, esas cartas hechas de leyenda y genealogía, un currículum autobiográfico bajo un argumento relatado en prosa y crónicas, cual trama de un libreto, tu infancia, mi juventud, tu primer beso, mi primer caricia, tu vida, la mía, tu fábula, mi cuento, tu patraña, mi enredo, mi amargura, tu tropiezo, tus deseos, mis esperanzas, tu cumpleaños, tu antiguo novio que se fue, mi entrañable amiga de juventud, en fin, tu vida, la mía.
No conozco ni un detalle... De ti...
Si estás triste ó alegre, si lloras, si sonríes, si frunces el ceño o guiñas un ojo, si tu piel está fría o cálida, si tu mirada es limpia o te delata, si tus besos saben a salado ó a jarabe de almíbar, si bostezas o tienes sueño, si estás tomando café o leyendo una revista, si te enfadas como siempre o como nunca, si hemos de discutir o perdonar, si vendrás a estar a mi lado cuando te necesite y te evoque, si querrás apoyar tu hombro con el mío cuando sea indispensable. No sé. No te conozco conociéndote tanto.
El teléfono es muy frío... Tus llamadas son muy pocas...
Esos días sin saber nada de ti, si él está vivo, si ella muerta, si él ausente ó cansado, si ella aburrida u optimista, si él celoso, si ella juguetona, si él nostálgico, si ella apenada, si él descontento, si ella risueña ó afligida, si acaso ella enamorada de otro, si acaso él besando los labios de otra mujer en su portal, por que tu voz, al teléfono, me dice mucho, cuando estás cansado, cuando estás deprimida, cuando te sientes feliz, pero no me dice nada de tu mirada, si está radiante ó humedecida, no me permite acariciarte, mesarte los cabellos o abrazarte en silencio, todo lo mucho que puedo llegar a sentir, son los suspiros que se te escapan.
No por ello dejo de pensar en ti.
Yo si quiero conocerte... Y tú no a mí...
Ella tiene miedo, él tiene esperanzas, ella un mundo que puede romperse, él un universo a su lado, magia, eso es lo que ella teme perder, que la hechicería blanca se transforme en brujería negra, que no funcione el sortilegio de buenos augurios y el embrujo transforme al príncipe en sapo, y sus ilusiones en espejismos , y él sabe que quien no se arriesga no gana, que sin aventurarse al precipicio no podrá ver la belleza del fondo de las cosas, él sabe que sin afrontar el peligro nunca vencerá la realidad y su realidad para él, era ella.
Por favor...
Dame una cita...
Vamos al parque...
Entra en mi vida...
Sin anunciarte...
Abre las puertas...
Cierra los ojos...
Vamos a vernos...
Poquito a poco...
Dame tus manos...
Siente las mías...
Como dos ciegos...
Santa Lucia...
Santa Lucia...
El estribillo se repite, se repite, una y otra, una y otra, una y otra vez, cual el rodar de la piedra de Sísifo, el rey de Corinto, símbolo de la absurda condición del hombre que tropieza siempre con las ciegas órdenes de los dioses. Si, ciegas órdenes, ciegas, invidentes humanos, invidentes. Y un destino aguardando. Y ella sueña caricias, cierra los ojos, él siente primero bajo su piel sus caricias y luego sueña. Ella no le pide la luna y él lo sabe, pero se la ofrece, poquito a poco, a pedazitos, abriéndole puertas y ventanas, caricias y cariño, dulzura, amistad.
No te lo estoy pidiendo, te lo ruego, forma parte de mi vida.
La primera vez pensé... Se ha equivocado...
Él pensó en vanas ilusiones, vanas esperanzas, un infructuoso ensayo de un efímero momento dulce, acaramelado por el sentimentalismo de dejarse llevar, ella soñó durante un rato con sus dudas, sus ilusiones, sus miedos, sus esperanzas, sus angustias, y luego posó sus pies en el suelo, cogió el teléfono y le llamó por segunda vez, que el encantamiento de la primera no se rompa, por favor, por favor.
La segunda vez no supe... Que decir...
Él vaciló, tartamudeó, dijo que si y que no, joder, joder, está al otro lado y mi realidad se ha ido, mis palabras no afloran, mi ignorancia es tan simple, que cuando quiero expresarle lo que siento, no puedo. Ella que no y que si, que bueno, que cierto, que aunque si, que pero esto o aquello, no acierta a explicar su ofuscación, no acierta a expresarse, a desempeñar con éxito su papel, eso..., un papel..., diantres, debía haber escrito en un papel lo que decir.
Las demás me dabas miedo... Tanto loco que anda suelto...
Él piensa en la estupidez de esos días en que imaginó, en engaños y mentiras, en falacias, en hipocresías y medias tintas, medias verdades y medias mentiras, en disimuladas afectaciones, en dobleces, en una broma de muy mal gusto y ella le llegó a imaginar vil, seductor, mentiroso, picaflor, ignorante y fatuo, en comediante de ficción, en embaucador tramposo, en fullero de casinos, en Don Juan Tenorio.
Y ahora sé que no podría vivir sin ti...
Cuando oyeron su canción por primera vez, juntos, en el café de la Plaza España, tres citas después de la primera en el parque, bajo la sombra de los arces, supieron que sus vidas seguirían sendas paralelas, sin invadir el camino del otro, pero siempre juntos, les gustó esa canción de Miguel, el Rey de la música Rock, y la hicieron suya. Quien dice que Miguel, convertido en duende del tiempo no se la robó a ellos de sus vidas, no se inspiró en su historia para cantarla en la noche del presente y del futuro.
Y supieron que esa sería su canción.
Y supieron que vivir juntos sería su realidad.
Y supieron que llevaban mucho tiempo enamorados.
Dame tus manos...
Siente las mías...
Como dos ciegos...
Santa Lucia...
Santa Lucia...
O santa lucia...
Y un día se conocieron en el parque, las caricias, el tacto de una piel sobre la otra les abrió los ojos, les mostró un mundo nuevo de sensaciones, de abrazos, de ternura, de pasiones, de carantoñas y arrumacos, de mimos, de lisonjas, de besos dulces. Pero no como dos ciegos, como dos videntes, ellos dos, que eran capaces de ver los colores de las flores y la luz del alba, cuan lejos estaba aún el día, el presagio, la fatalidad de esa letra de canción.
Y hoy, después de muchos años, se han vuelto a sentar en el mismo banco del parque, el de su primera cita, donde por primera vez se miraron a los ojos, se tomaron de las manos, no supieron que decir, pero donde trocaron su simpatía en cariño y su amistad en amor.
Él pasó sus dedos sobre su rostro, le dio un beso, le dijo un te quiero repetido, ¡ Te quiero, Lucía! . Ella le contestó, yo también te quiero, mucho más de lo que jamás puedas llegar a imaginar y luego prosiguió, ¿nos vamos?, hace frío, tomemos un café en la Plaza España, les pediré que vuelvan a poner nuestra canción.
Lucía entrelazó su brazo con el de su esposo, recogió el bastón blanco que dormitaba sobre el banco del parque y le dijo, déjame que hoy sea yo tus ojos, a veces, pienso, ¿será el destino el que hizo de Santa Lucía nuestra canción?. Es nuestra, pero me sabe agridulce.
Y él piensa que es una canción preciosa, que lo era hasta hace seis meses atrás en que quedó irreversiblemente ciego, y que lo seguirá siendo después, mucho después, eternamente después.
Ahora, cuando él la escucha en alguna emisora de radio, en alguna terraza de un bar, le llama "ventanita", por que dice que son canciones que abren la mirada hacia el pasado, hacia los recuerdos, y Santa Lucía, de Miguel Ríos, es una ventanita para él y pide que se la pongan más alto y manda a los amigos que se callen para escucharla.
Cuando ella la oye en su viejo tocadiscos, dice que es su canción, que cierra los ojos, que le recorre por todo el cuerpo una sensación agridulce y que la estaría escuchando cien mil veces una eternidad, sin cansarse y que el destino puede ser muy cruel cuando a veces se lo propone.
A menudo me recuerdas... A alguien...
Él dice que ella le recuerda a una entrañable amiga de la juventud, una loca, apasionada y alucinante amistad, siempre colocada bajo los efluvios de gente bailando, gritando, riendo, garabateando volteretas en pos de dos ideas, paz y amor y disparando misiles en pos de una, No a la Guerra.
Ella dice que él le recuerda a su primer novio, tan atento, con una rosa en sus manos para regalar, tan dulce, tan sincero, tan poeta de pueblo, y sin embargo tan ambicioso de un destino fuera de allí, lejos, tras un porvenir, y un regresar después a buscarla, que nunca existió.
Tu sonrisa la imagino... Sin miedo...
Él, la de ella, la sueña grande, dientes blancos, risa blanca, aterciopelada, acariciadora, labios carnosos y tiernos, sin turbación, sonrisa afable, confiada, serena, plácidamente embellecida por su aplomo de cordura y serenidad.
Ella, la de él, la sueña enérgica, vital, protectora, valientemente enarbolada hacia la audacia y osadía de los que no pueden perder nada y sin embargo pueden ganar un Potosí.
Invadido por la ausencia... Me remuerde la impaciencia...
Él la añora, la desea, la intuye, se muerde las uñas, pasea cual león encarcelado, su carencia de ella le está volviendo loco, ella lee novelas de amor junto a la leña del hogar y contempla películas viejas y nuevas y se siente protagonista de "Tú y yo" y él se disfraza de Cary Grant y ella de Deborah Kerr, en Tú y yo, y se enamoran en este gran clásico del género romántico y se citan en el Empire State Building, en el piso 102, en un plazo de seis meses si siguen sintiendo lo mismo el uno por el otro y él la espera hasta medianoche y ella, ella, ella no acude a la cita por un endiablado y trágico accidente.
Me pregunto si algún día... Te veré...
Ella danza piruetas sobre las olas del mar, no pregunta, calla, únicamente escucha el ruido de una caracola, el rumor, el murmullo, el cuchicheo de las aguas, y recuerda ese novio que se fue con una promesa y no volvió, ese que le regaló el sonido del mar en la concha vacía de un molusco, y sabe que oír el rumor del mar a su través no es estar en su orilla, un día, se pregunta, ¿un día veré el mar?.
Él mira su retrato colgado en la pared preguntándose si habrá sido todo no más que una quimera, una alucinación de esas que su entrañable amiga de juventud sufría tan frecuentemente bajo los efectos alucinógenos de sustancias prohibidas, besa su fotografía y susurra... algún día te veré.
Ya sé todo de tu vida... Y sin embargo...
Esas misivas interminables, esas llamadas cortas, esas historias escritas en papel, esas preguntas, esas cartas hechas de leyenda y genealogía, un currículum autobiográfico bajo un argumento relatado en prosa y crónicas, cual trama de un libreto, tu infancia, mi juventud, tu primer beso, mi primer caricia, tu vida, la mía, tu fábula, mi cuento, tu patraña, mi enredo, mi amargura, tu tropiezo, tus deseos, mis esperanzas, tu cumpleaños, tu antiguo novio que se fue, mi entrañable amiga de juventud, en fin, tu vida, la mía.
No conozco ni un detalle... De ti...
Si estás triste ó alegre, si lloras, si sonríes, si frunces el ceño o guiñas un ojo, si tu piel está fría o cálida, si tu mirada es limpia o te delata, si tus besos saben a salado ó a jarabe de almíbar, si bostezas o tienes sueño, si estás tomando café o leyendo una revista, si te enfadas como siempre o como nunca, si hemos de discutir o perdonar, si vendrás a estar a mi lado cuando te necesite y te evoque, si querrás apoyar tu hombro con el mío cuando sea indispensable. No sé. No te conozco conociéndote tanto.
El teléfono es muy frío... Tus llamadas son muy pocas...
Esos días sin saber nada de ti, si él está vivo, si ella muerta, si él ausente ó cansado, si ella aburrida u optimista, si él celoso, si ella juguetona, si él nostálgico, si ella apenada, si él descontento, si ella risueña ó afligida, si acaso ella enamorada de otro, si acaso él besando los labios de otra mujer en su portal, por que tu voz, al teléfono, me dice mucho, cuando estás cansado, cuando estás deprimida, cuando te sientes feliz, pero no me dice nada de tu mirada, si está radiante ó humedecida, no me permite acariciarte, mesarte los cabellos o abrazarte en silencio, todo lo mucho que puedo llegar a sentir, son los suspiros que se te escapan.
No por ello dejo de pensar en ti.
Yo si quiero conocerte... Y tú no a mí...
Ella tiene miedo, él tiene esperanzas, ella un mundo que puede romperse, él un universo a su lado, magia, eso es lo que ella teme perder, que la hechicería blanca se transforme en brujería negra, que no funcione el sortilegio de buenos augurios y el embrujo transforme al príncipe en sapo, y sus ilusiones en espejismos , y él sabe que quien no se arriesga no gana, que sin aventurarse al precipicio no podrá ver la belleza del fondo de las cosas, él sabe que sin afrontar el peligro nunca vencerá la realidad y su realidad para él, era ella.
Por favor...
Dame una cita...
Vamos al parque...
Entra en mi vida...
Sin anunciarte...
Abre las puertas...
Cierra los ojos...
Vamos a vernos...
Poquito a poco...
Dame tus manos...
Siente las mías...
Como dos ciegos...
Santa Lucia...
Santa Lucia...
El estribillo se repite, se repite, una y otra, una y otra, una y otra vez, cual el rodar de la piedra de Sísifo, el rey de Corinto, símbolo de la absurda condición del hombre que tropieza siempre con las ciegas órdenes de los dioses. Si, ciegas órdenes, ciegas, invidentes humanos, invidentes. Y un destino aguardando. Y ella sueña caricias, cierra los ojos, él siente primero bajo su piel sus caricias y luego sueña. Ella no le pide la luna y él lo sabe, pero se la ofrece, poquito a poco, a pedazitos, abriéndole puertas y ventanas, caricias y cariño, dulzura, amistad.
No te lo estoy pidiendo, te lo ruego, forma parte de mi vida.
La primera vez pensé... Se ha equivocado...
Él pensó en vanas ilusiones, vanas esperanzas, un infructuoso ensayo de un efímero momento dulce, acaramelado por el sentimentalismo de dejarse llevar, ella soñó durante un rato con sus dudas, sus ilusiones, sus miedos, sus esperanzas, sus angustias, y luego posó sus pies en el suelo, cogió el teléfono y le llamó por segunda vez, que el encantamiento de la primera no se rompa, por favor, por favor.
La segunda vez no supe... Que decir...
Él vaciló, tartamudeó, dijo que si y que no, joder, joder, está al otro lado y mi realidad se ha ido, mis palabras no afloran, mi ignorancia es tan simple, que cuando quiero expresarle lo que siento, no puedo. Ella que no y que si, que bueno, que cierto, que aunque si, que pero esto o aquello, no acierta a explicar su ofuscación, no acierta a expresarse, a desempeñar con éxito su papel, eso..., un papel..., diantres, debía haber escrito en un papel lo que decir.
Las demás me dabas miedo... Tanto loco que anda suelto...
Él piensa en la estupidez de esos días en que imaginó, en engaños y mentiras, en falacias, en hipocresías y medias tintas, medias verdades y medias mentiras, en disimuladas afectaciones, en dobleces, en una broma de muy mal gusto y ella le llegó a imaginar vil, seductor, mentiroso, picaflor, ignorante y fatuo, en comediante de ficción, en embaucador tramposo, en fullero de casinos, en Don Juan Tenorio.
Y ahora sé que no podría vivir sin ti...
Cuando oyeron su canción por primera vez, juntos, en el café de la Plaza España, tres citas después de la primera en el parque, bajo la sombra de los arces, supieron que sus vidas seguirían sendas paralelas, sin invadir el camino del otro, pero siempre juntos, les gustó esa canción de Miguel, el Rey de la música Rock, y la hicieron suya. Quien dice que Miguel, convertido en duende del tiempo no se la robó a ellos de sus vidas, no se inspiró en su historia para cantarla en la noche del presente y del futuro.
Y supieron que esa sería su canción.
Y supieron que vivir juntos sería su realidad.
Y supieron que llevaban mucho tiempo enamorados.
Dame tus manos...
Siente las mías...
Como dos ciegos...
Santa Lucia...
Santa Lucia...
O santa lucia...
Y un día se conocieron en el parque, las caricias, el tacto de una piel sobre la otra les abrió los ojos, les mostró un mundo nuevo de sensaciones, de abrazos, de ternura, de pasiones, de carantoñas y arrumacos, de mimos, de lisonjas, de besos dulces. Pero no como dos ciegos, como dos videntes, ellos dos, que eran capaces de ver los colores de las flores y la luz del alba, cuan lejos estaba aún el día, el presagio, la fatalidad de esa letra de canción.
Y hoy, después de muchos años, se han vuelto a sentar en el mismo banco del parque, el de su primera cita, donde por primera vez se miraron a los ojos, se tomaron de las manos, no supieron que decir, pero donde trocaron su simpatía en cariño y su amistad en amor.
Él pasó sus dedos sobre su rostro, le dio un beso, le dijo un te quiero repetido, ¡ Te quiero, Lucía! . Ella le contestó, yo también te quiero, mucho más de lo que jamás puedas llegar a imaginar y luego prosiguió, ¿nos vamos?, hace frío, tomemos un café en la Plaza España, les pediré que vuelvan a poner nuestra canción.
Lucía entrelazó su brazo con el de su esposo, recogió el bastón blanco que dormitaba sobre el banco del parque y le dijo, déjame que hoy sea yo tus ojos, a veces, pienso, ¿será el destino el que hizo de Santa Lucía nuestra canción?. Es nuestra, pero me sabe agridulce.
Y él piensa que es una canción preciosa, que lo era hasta hace seis meses atrás en que quedó irreversiblemente ciego, y que lo seguirá siendo después, mucho después, eternamente después.
2 comentarios
merche -
Yo tembién tengo mi canción.
Besos
white -